Se conoce como «la maldición de la carita de muñeca»: un rostro redondo es solo fuente de disgustos. Y ocurre lo mismo con los rostros muy delgados.

La cara no siempre es el espejo del alma. Ni siquiera refleja fielmente las medidas corporales. Unos mofletes poderosos evocan la lozanía de la infancia y restan años, pero, desde el punto de vista óptico, también engordan. Una papada excelsa o un contorno mandibular desdibujado también acentúan esa percepción de rotundidad. La ausencia de ángulos redondea excesivamente el rostro y el cerebro tiende a interpretar una mayor redondez también en lo corporal. El pudor hace el resto: no resulta obsceno observar con detenimiento el rostro de una persona mientras charlamos con ella, pero sí es bastante más comprometido escudriñar su anatomía para verificar si realmente anda en consonancia volumétrica. Si hay grandes mofletes o papada, se tenderá a encasillar a nuestro interlocutor como regordete.

Una auténtica pesadilla para aquellas personas dotadas por la naturaleza con cara de muñeca y condenadas a parecer más voluminosas (y, según parece, menos atractivas) de lo que son en realidad. Un reciente estudio del departamento de Psicología de la Universidad de Toronto lo cuantifica. “Los hombres y mujeres de mediana estatura necesitan perder de 3,5 a 4 kilos para que los demás lo perciban en su cara, pero [los de cara redonda] tendrán que perder más del doble para que les vean atractivos. En concreto, 6,3 kilos para mujeres y 8,2 en el caso de los varones”, apunta Nicholas Rule, investigador del Comité Canadiense para la Percepción Social y el Conocimiento de la Universidad de Toronto. Esta es la conclusión a la que se llegó tras mostrar a varios sujetos una colección de fotos de rostros de hombres y mujeres de entre 20 y 30 años. Cada retrato se manipuló varias veces para simular distintos pesos corporales.

Su compañero Daniel Re va más allá en esa valoración subjetiva. «La fisonomía facial es un indicador de salud. Un aumento de la adiposidad facial se asocia con complicaciones del sistema inmune, mala circulación, infecciones respiratorias frecuentes y, finalmente, una mayor mortalidad». En otras palabras, el ciudadano de a pie cuestiona la salud de sus congéneres solo por el hecho de tener el rostro más o menos orondo.

 

Cuando perder grasa no sirve de nada

Varios médicos españoles relativizan las conclusiones de este estudio. Según estos expertos, tener una morfología facial redondeada y determinada por los genes nada tiene que ver con una mala salud y, en otras ocasiones, ni siquiera se debe a una acumulación grasa por obesidad. En ocasiones unos mofletes muy pronunciados pueden deberse a un desarrollo excesivo del músculo masetero en personas con bruxismo. O a una escasa proyección ósea. Aunque también puede deberse al síndrome de Cushing o «de las caras de luna», que sucede debido a la toma de corticoides o a la retención de líquidos que causan algunos medicamentos y el alcohol. En el caso de la papada, el exceso de grasa en la zona submental tiene un origen congénito que suele manifestarse en la adolescencia y no remite con dietas ni ejercicio. En consecuencia, si la causa no está en la grasa, perder o ganar peso en el resto del cuerpo no variará el aspecto facial.

Ojo: el otro extremo no parece mucho más sugerente ya que En cuanto se empieza a adelgazar, los compartimentos grasos de la cara son los primeros en movilizarse, sobre todo los de grasa profunda en zona de la mejilla, zona temporal y la grasa malar. Es esa cara arrugada que se queda en cuanto se baja de peso demasiado rápido haciendo temer el aparente incremento de edad.

Pero, invariablemente, con el paso del tiempo los pómulos van perdiendo grasa, independientemente de que nuestra cara sea redonda u ovalada. Con la edad, la grasa migra hacia abajo por efecto de la gravedad, que hace que los tejidos tiendan lenta pero inexorablemente a caer. La pérdida de fibras de sostén facilita aún más ese desplome. La papada, en cambio, tiende a crecer, sobre todo cuando hay un exceso de peso y este no se ha vigilado, o cuando la propia constitución física y las estructuras óseas nos hacen proclives a esa acumulación grasa.